El chubasquero de la innovación

Ilustración de un chubasquero amarillo con gotas de lluvia, representando la protección contra la impermeabilidad empresarial en procesos de innovación

Dedicarse a la innovación, como yo lo he hecho, no sé si fue la mejor decisión. Me considero un artista de la innovación. Lo explico: en todos los contextos en los que he trabajado siempre me ha tocado hacer mucho con muy pocos recursos y para eso hay que ser un artista. Y creedme, no depende del tamaño de la empresa. Hacer innovación a base de política y abultados presupuestos, además de ser muy fácil, lo suelen hacer personas sin el talento para innovar, acaban siendo campañas de marketing internas o externas que no acaban calando.

Innovar suele ser un reto constante. No basta con preparar un PowerPoint que muestre la viabilidad de una idea; ese es solo el primer paso. La verdadera dificultad empieza justo después de la presentación: ¿y ahora qué?

Cuando la innovación se suma al trabajo diario de alguien, es fantástica. Si tienes un rol que justifica tu valor y, además, encuentras espacio para proponer mejoras en procesos o productos, es un juego casi sin riesgo. Si la idea no prospera, no pasa nada: la base de tu trabajo sigue siendo otra, y la innovación es un skill añadido.

Mi situación es distinta. Mi trabajo consiste únicamente en innovar. Mi reconocimiento se materializa solo si una innovación llega a concretarse. Y esas innovaciones no son las mejoras cotidianas —esas, con razón, se esperan de los equipos mismos—, sino proyectos con un riesgo mucho mayor de fracasar.

Y aquí es donde aparece lo que para mí es el mayor enemigo: la impermeabilidad a la innovación. El fracaso no siempre está ligado a la ejecución, sino muchas veces a la propia empresa: a un equipo que no escucha, a un departamento que no abre la puerta, a un directivo que no ve el valor, a una cultura que rechaza lo nuevo. Esa impermeabilidad, en cualquiera de sus formas, es la verdadera trinchera donde se libra la batalla de la innovación.

Mi guerra diaria es esa: trabajar a contracorriente, con el voto de confianza de quien me paga y cree en mí, y demostrar una y otra vez que lo que estoy visionando —alineado con la estrategia de la organización— funcionará. Sea o no yo quien reciba el mérito cuando finalmente suceda.

Y, lamentablemente, solo sucede cuando la gota malaya, por las buenas o por las malas, consigue calar en la impermeable organización.

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